Psicólogo George Taborda (Venezuela resiliente, tercera entrega)
Semanas después de una catástrofe natural de la magnitud que ha vivido nuestro país,
suele producirse un fenómeno silencioso en la mente de los sobrevivientes. Pasado el
shock inicial y la marea más aguda del duelo, sobreviene una calma pesada
acompañada de una profunda sensación de agotamiento y apatía. Al mirar las calles
destruidas o al intentar rehacer la vida en medio de la precariedad, la mente humana
tiende a sentirse abrumada por la inmensidad de lo que queda por hacer.
Es en esta etapa cuando aparece la llamada «desesperanza aprendida»: esa voz
interna que susurra que nada de lo que hagamos cambiará la realidad y que ya no vale
la pena intentar nada. Como psicólogo clínico, sé que este es el punto más crítico de la
salud mental comunitaria. Sin embargo, la ciencia y la historia humana nos demuestran
que la mente no se sana en la pasividad, sino en la acción compartida.
Desde la neurobiología de la conducta, la parálisis que caracteriza la depresión
postraumática ocurre porque el cerebro pierde la noción de control sobre el entorno
(Seligman, 1975). Cuando una persona siente que su esfuerzo no produce ningún
resultado visible, el sistema dopaminérgico se apaga, sumergiendo al individuo en un
estado de resignación. La única manera de reactivar los circuitos de la motivación y la
esperanza no es esperar a que la tristeza desaparezca por arte de magia, sino aplicar
lo que en psicología clínica denominamos activación conductual (Martell et al., 2010).
La acción no es la consecuencia de la motivación; la acción es la que genera la
motivación.
El gran descubrimiento de la psicología de desastres es que la resiliencia no es una
capacidad puramente individual ni un superpoder reservado a unos pocos; la verdadera
resiliencia es una construcción colectiva. Cuando los seres humanos se unen para limpiar un terreno, organizar una olla común o levantar un refugio temporal, se produce
una transformación química en el cerebro. La solidaridad y el trabajo en equipo liberan
oxitocina y endorfinas, reduciendo drásticamente los niveles de cortisol y devolviéndole
al individuo la certeza biológica de que pertenece a una tribu que lo sostiene.
Para vencer la parálisis de la desesperanza y empezar a reconstruir la vida emocional y
material sobre las ruinas, podemos aplicar las siguientes herramientas de activación en
la comunidad: En primer lugar, se debe implementar la regla de las micrometas de
supervivencia cotidiana. Intentar resolver el problema de la vivienda o el futuro a un año
vista solo genera angustia y colapso mental; debemos dividir el día en bloques de tres
tareas ultrasimples y alcanzables para las próximas horas (como limpiar un rincón,
buscar agua o preparar los alimentos del mediodía). Completar cada micrometa le
envía al cerebro una señal clara de eficacia y le permite recuperar paulatinamente la
sensación de control sobre el destino.
En segundo lugar, es vital organizar la red de cuidado mutuo y la rotación de roles. No
todos los miembros de una familia o comunidad tienen la misma fortaleza en el mismo
día; establecer dinámicas en las que quienes se sienten un poco mejor asuman la
logística mientras los más afectados descansan, y viceversa, evita el colapso por
agotamiento y fortalece el tejido social.
Finalmente, se recomienda la práctica de un propósito enfocado en el servicio al otro:
ayudar a un vecino más vulnerable, cuidar a los niños de la comunidad o colaborar en
la distribución de insumos genera un sentido de utilidad que actúa como el más potente
antidepresivo natural, sacando a la mente del bucle del sufrimiento propio y
conectándola con la vida.
Venezuela ha demostrado históricamente ser un pueblo de nobleza y fortaleza
inquebrantables. Las ruinas y los escombros son temporales, pero la dignidad, el amor
y la solidaridad de nuestra gente son permanentes. Reconstruir sobre las cenizas no
significa olvidar a quienes perdimos ni borrar la cicatriz de lo vivido; significa honrar su memoria manteniéndonos de pie, dándole la mano al que tiene al lado y recordando
que, incluso en las noches más oscuras y frías, la fuerza de una comunidad unida
siempre encuentra la manera de volver a hacer salir el sol.
�� Resumen para el lector
● Vencer la parálisis: La sensación de que nada vale la pena es una respuesta
biológica llamada desesperanza aprendida; se combate mediante la activación
conductual y las pequeñas acciones diarias (Seligman, 1975).
● Micrometas diarias: Reducir la atención a tres tareas simples por día le devuelve
a la mente la sensación de control sobre la realidad y aleja la ansiedad por el
futuro incierto (Martell et al., 2010).
● Sanar sirviendo: La resiliencia es comunitaria; ayudar a otros y trabajar en
equipo liberan oxitocina y restauran el sentido de propósito de los sobrevivientes.
�� Citas Bibliográficas
● Martell, C. R., Dimidjian, S., & Herman-Dunn, R. (2010). Behavioral Activation
for Depression: A Clinician’s Guide. Guilford Press. (Principios clínicos sobre
cómo la acción estructurada y la reconexión con el entorno revierten los estados
depresivos y la parálisis postraumática).
● Seligman, M. E. (1975). Helplessness: On Depression, Development, and Death.
W. H. Freeman. (Desarrollo del concepto de desesperanza aprendida y de los
mecanismos de recuperación del control psicológico).
El Pepazo
Fuente original: Diario Digital El Pepazo https://elpepazo.com
https://elpepazo.com/reconstruir-sobre-las-cenizas-la-fuerza-de-la-resiliencia-comunitaria/?fsp_sid=36647










